15 octubre 2011

V


“Quizás la historia en este siglo, pensó Eigenvalue, presenta en la estructura de su tejido unos pliegues de forma tal que si se está situado, como parecía estarlo Stencil, en el fondo de uno de los pliegues, resulta imposible determinar la urdimbre, trama o dibujo de cualquier otro punto. Sin embargo, en virtud de la existencia en un pliegue, se establece la hipótesis de que existen otros, compartimentos en forma de ciclos sinuosos cada uno de los cuales llega a asumir mayor importancia que la propia ondulación y destruye cualquier tipo de continuidad. Así ocurre que nos encanten los divertidos automóviles de los años treinta, las curiosas modas de los veinte, los peculiares hábitos morales de nuestros abuelos. Ponemos en escena y acudimos a ver comedias musicales sobre ellos y leemos hasta hacernos una falsa memoria, una pseudonostalgia de lo que fueron. Estamos, en consecuencia, perdidos para cualquier sentido de una tradición continua. Quizás si viviéramos en una cresta las cosas serian diferentes. Podríamos, cuando menos, ver.”

(Thomas Pynchon, V, 1963)

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